Luisa Ortega: exfiscal General de Venezuela, Zapatero y Bono

Es Diario, por Fco. José Alonso Rodríguez, 24 de Agosto de 2026.

Una denuncia ante EE. UU. señala a los políticos españoles por el presunto cobro de 36 millones de dólares en comisiones durante la venta de buques militares en 2005.

El periodismo de investigación y el activismo por los derechos humanos a menudo convergen en un terreno peligroso: la revelación de la verdad frente al poder. En el centro de una de las tramas más complejas de las relaciones bilaterales entre España y Venezuela se encuentra una acusación de calibre internacional que involucra al expresidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, y a su entonces ministro de Defensa, José Bono.

Según informaciones y testimonios del entorno de la Liga Española Pro Derechos Humanos, la exfiscal general de Venezuela, Luisa Ortega Díaz, denuncio ante las autoridades de los Estados Unidos un presunto cobro de comisiones que asciende a 36 millones de dólares. El origen de esta supuesta contraprestación ilícita sería la polémica venta de patrulleras y fragatas a Venezuela, una operación que en su momento desafió el veto tecnológico impuesto por Washington.

Para entender la magnitud del caso, es necesario remontarse al año 2005, cuando el Gobierno español firmó un multimillonario contrato para la venta de buques militares al Gobierno de Hugo Chávez. La operación nació envuelta en la fricción diplomática: la legislación internacional y los tratados de defensa estipulaban la prohibición estricta de vender equipamiento militar a terceros países si este contenía componentes o tecnología de origen estadounidense sin el consentimiento explícito de la Casa Blanca.

El veto de Washington era claro. Sin embargo, la operación siguió adelante bajo la premisa de que los sistemas serían «españolizados» o sustituidos. La denuncia atribuida a Ortega Díaz ante los tribunales norteamericanos apunta a que el negocio no solo vulneró presuntamente estas restricciones, sino que se engrasó mediante el pago de comisiones millonarias desviadas hacia cuentas opacas.

El dilema ético de Luisa Ortega: Entre el miedo y la justicia.

La situación de Luisa Ortega Díaz en España es sumamente delicada. Refugiada en el país junto a su esposo, quien actualmente atraviesa un proceso de salud complejo, la exfiscal se encuentra en una encrucijada humana y jurídica. Por un lado, la comodidad y la seguridad de su estatus residencial en España pesan de manera comprensible sobre sus decisiones familiares. Por otro, su condición de servidora de la justicia la ata a un compromiso ineludible con la transparencia.

Desde la propia Oficina de la Liga Española Pro Derechos Humanos, donde se han mantenido conversaciones directas con ella sobre este asunto, el mensaje es nítido: la verdad debe prevalecer por encima de la comodidad personal. El miedo a una eventual expulsión o a represalias políticas no puede secuestrar documentos que evidencian un delito transnacional. La propia Liga Española Pro Derechos Humanos, se ha ofrecido a asumir la responsabilidad de hacer públicos los papeles que Luisa Ortega aún conserva si ella decide dar el paso definitivo, recordando que estos hechos ya fueron notificados en su momento a la Fiscalía General del Estado español sin obtener una respuesta.

«La verdad no se defiende con retórica, sino con pruebas».

Frente a la gravedad de estas acusaciones, las miradas también se dirigen hacia la estrategia de defensa de los implicados. Figuras del entorno de la comunicación política y de la gestión de crisis, como Luis Arroyo, portavoz vinculado históricamente a sectores del PSOE y señalado críticamente por sectores de la sociedad civil debido a sus agresivas tácticas de comunicación,(regadas con buenos emolumentos por sus colaboraciones en los medios Públicos del Estado Español) tendrá la difícil tarea de contrarrestar un relato que no solo afecta a la reputación personal de Zapatero y Bono, sino al crédito del propio Estado español.

Un delito de esta envergadura, que mezcla el tráfico de influencias, la violación de embargos tecnológicos y la corrupción de alto nivel, no puede prescribir en el olvido social. La sociedad civil y las organizaciones de derechos humanos exigen que Luisa Ortega Díaz rompa el silencio institucional, libere los archivos y permita que la justicia actúe. Mantener la cabeza gacha ante la corrupción solo cronifica la impunidad de quienes, desde los despachos presidenciales, supuestamente se lucraron a costa de la legalidad internacional.

“Intentar silenciar la verdad, no la hace desaparecer ni se evapora el delito”.

La gran farsa de Ceuta: doble lenguaje, opacidad y compromisos ocultos

El Día de Zamora, por Fco. José Alonso Rodríguez, 24 de Agosto de 2026.

La reciente crisis migratoria desatada en Ceuta tras las entradas masivas ha vuelto a dejar al descubierto la estrategia de comunicación opaca y deliberadamente engañosa del Gobierno de España. Lejos de ofrecer un plan riguroso, firme y coordinado, el Ejecutivo de Pedro Sánchez ha optado por escenificar un ejercicio de funambulismo político donde se promete una cosa a la opinión pública mientras, por la espalda, se ejecutan planes radicalmente opuestos. La gestión de los menores extranjeros no acompañados se ha convertido en el enésimo escenario de una política de hechos consumados que esconde un profundo déficit de transparencia institucional.

Por un lado, los pesos pesados del Consejo de Ministros han desplegado una narrativa oficial orientada a calmar la indignación social y dar una falsa sensación de control diplomático. El ministro de Presidencia y Justicia, Félix Bolaños, aseveró con tajante rotundidad que la prioridad absoluta era lograr que «todos y cada uno de los menores» regresaran con sus familias a Marruecos. En una línea similar, el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, apoyaba públicamente el retorno de quienes ingresaron ilegalmente, condicionándolo de forma vaga a los preceptivos trámites judiciales. Este mensaje buscaba proyectar una imagen de firmeza fronteriza y de colaboración fructífera con el reino alauita.

Sin embargo, la cruda realidad desmonta el relato oficial. Mientras se prometía a los ciudadanos la devolución de los menores a su país de origen, el Ministerio de Juventud e Infancia —dirigido por Sira Rego— trabajaba a marchas forzadas en un plan para trasladar de forma urgente a 500 niñas inmigrantes desde Ceuta hacia la península. Para consumar este traslado sin enfrentarse a la oposición de las comunidades autónomas gobernadas por la oposición (PP y Vox), el Gobierno ha diseñado un retorcido atajo jurídico: mantener la tutela administrativa en la Ciudad Autónoma de Ceuta mientras se delega la guarda física a organizaciones privadas de protección infantil en territorio peninsular.

Con esta triquiñuela legal, el Ejecutivo ningunea las competencias autonómicas y el debate parlamentario, imponiendo un reparto encubierto mientras sigue vendiendo a la opinión pública un supuesto plan de retorno a Marruecos que jamás se ejecuta. Cuando la ministra portavoz, Elma Saiz, fue interpelada sobre estas contradicciones, la respuesta fue la evasiva sistemática

y el refugio en clichés conceptuales como el «interés superior del menor» o el anuncio de transferencias millonarias. Ninguna explicación plausible sobre por qué se afirma negociar devoluciones con Rabat mientras de facto se organiza el reparto masivo por la geografía nacional.

Este engaño sistemático no puede analizarse como un mero error de coordinación ministerial, sino como el síntoma de una servidumbre política preocupante. ¿Por qué el Ejecutivo de Pedro Sánchez es incapaz de exigir a Marruecos que asuma la responsabilidad sobre sus propios ciudadanos y menores? La respuesta se halla en la nebulosa de compromisos opacos que el presidente y el lobby de poder del PSOE han contraído con la monarquía alauita desde el giro unilateral sobre el Sáhara Occidental.

Desde el viraje diplomático de 2022 —tomado de forma personalista por Sánchez y a espaldas de las Cortes Generales—, la política exterior española hacia Marruecos se caracteriza por la sumisión y la falta de explicaciones. Existen numerosos e intensos intereses entrelazados, redes de influencia y presiones geoestratégicas que parecen atar de pies y manos al Gobierno. Marruecos utiliza la presión migratoria y la gestión de sus fronteras como una herramienta de chantaje político constante, sabedor de que el Palacio de la Moncloa cederá a cualquier pretensión antes que arriesgarse a una grieta en la fachada de la «nueva etapa de amistad».

El pueblo español asiste impotente a un espectáculo donde el Gobierno prefiere tensionar la convivencia territorial, desbordar las capacidades de acogida peninsulares y bordear el choque constitucional con las comunidades autónomas antes que exigir de forma firme al Gobierno marroquí el cumplimiento de los tratados internacionales de repatriación de menores. Es hora de que Pedro Sánchez rinda cuentas de forma transparente, aclare qué compromisos personales y partidistas mantiene con el régimen marroquí y deje de tratar a los ciudadanos españoles como meros espectadores de su permanente política de la confusión.

Francisco José Alonso Rodríguez. -Politólogo. – Sociólogo. – Presidente Liga Española Pro Derechos Humanos. – Centro de Estudios Ateneos. – Premio a las Libertades “Rafael del Riego”. Medalla Internacional de DD. HH.