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Sobre Felones y Empecinados

TheObjetive, por Javier Rioyo, Presidente de Honor del Centro de Estudios Ateneos, 22 de Agosto de 2025.

Cuando yo era chico soñaba con ser callejero por las afueras de Alcalá de Henares. Me gustaba hacer méritos para ser admitido en aquella «partida» de los chicos picieros. Fueron mis héroes reales. Una soldadesca adolescente, civil, incivil, a la que no me permitían pertenecer. Lo que no podían impedir es que escuchara embelesado las narraciones de sus picardías, que admirara sus batidas de gatos ferales, de ratas de campo o de conejos despistados. Me parecían un ejército salido de los relatos de aquellos jóvenes tan admirados y mitificados de las novelas de Dickens, Mark Twain, Stevenson o de los cuentos Daniel el Travieso. Para civilizarnos ya estaba Tintín; pero para asilvestrarnos, para complacer nuestro lado salvaje, aquellos que se aventuraban por ríos, callejones o islas misteriosas eran nuestros deseos imposibles. Aquellos admirados de la pandilla prohibida ejercían una gran fascinación aunque nada tuviera que ver el río Henares con el Misisipi, ni hubiera loros ni tatuajes, ni callejones londinenses en aquellas calles levíticas y renacentistas de una Alcalá decadente, histórica y hermosa.

Nosotros íbamos al instituto, aprendíamos latín y geografía, literatura y francés, pero no la asignatura de la calle. Aquellas aventuras contadas sobre la «caza» de animales domésticos -que en nada nos habían molestado- o de aquellas dreas con piedras y chichones que nos parecían desembarcos de piratas de agua dulce. Aquellos chicos sin bachiller, sin apenas lecturas, eran nuestros lazarillos, nuestros buscones, nuestros pícaros cercanos. En esas noches de verano y río, de escapadas y chicas miradas -no tocadas- nos parábamos en una plaza conventual y militar, una recoleta plaza de las afueras con una estatua que nos recordaba a un héroe que llevaba un mote que era toda una declaración de intenciones: El Empecinado, de nombre Juan Martín, héroe de la Guerra de la Independencia, de la Batalla del Zulema.

Jefe de la guerrilla contra el francés invasor, bigotudo militar alzado en notable busto, que para no caer en el olvido en una calle por las afueras, una parada en el camino a soñadas fugas sirvió, sin pretenderlo, a nuestra precaria formación de orgullo español, de popular y heroico personaje que después conocimos mejor, quisimos más y admiramos con ensoñación juvenil. Condenado y perseguido por el rey al que sirvió, traicionado y ahorcado por su fidelidad constitucional, por ser íntegro y liberal, digno patriota que apenas atendimos por más que recorriéramos la calle con su nombre, la plaza con su recuerdo. Hoy lo veo como ese ratón que se comió al gato vivo y después de jugar con él. Ese ratón empecinado se inventó la guerra de guerrillas y los guerrilleros. Esas artes, esos nombres han sido usado para lo bueno y para lo contrario. Para la libertad y para su secuestro.Javier Rioyo

Hace unos días, el 19 de agosto gracias a mi amigo –masón, liberal, castellano y ateneísta, patriota y culto– Francisco José Alonso, me enteré que se conmemoraba en Burgos la vida, obra y memoria de este tan singular hombre de una Castilla cruzada por el río de los mejores vinos, lleno de historia, de pasado poderoso, de demasiados incendios y demasiados olvidos. Nació Juan Martín, El Empecinado, en Castrillo de Duero, fue ahorcado y deshonrado en otra orilla del mismo río, en Roa ahora hace 200 años.

En Burgos, a pie de su monumento, fue rescatada su memoria y homenajeado su recuerdo, su lección de liberal y patriota, de digno luchador por la libertad de su pueblo y de su dignidad contra la felonía, la traición, la bellaquería y la indignidad de un gobernante que pasó de ser «el deseado» al felón que no cumplió ni sus juramentos constitucionales ni sus promesas: «Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional». Palabras que perseguirán siempre la realidad de Fernando VII, una hemeroteca de antaño que lo enfrenta a la verdad de su mandato, de su indigno cumplimiento de la palabra dada. Orientó su política a su propia supervivencia, al personal control del poder; ni le importó la decadencia de España, ni se resistió a su rendición a Napoleón ni a sus servidumbres vergonzantes ni el engaño a su pueblo. Nada, casi nada, de lo que prometió de la Constitución de Cádiz, que había reconocido su derecho a reinar, fue capaz de no traicionar. Su poder absoluto, su control, sus persecuciones, su manera de detentar el mando haciendo lo contrario de lo jurado y prometido, lo hacen ser una de las peores memorias de nuestra historia de infamias y mentiras.

Fue ladino, desconfiado, putero y se supo rodear de una camarilla de fieles bien pagados, de halagadores de sus «gracias», de su manera de vender el país y dejar hacer negocios a los fieles, de enriquecerse él mismo en un país desolado. España comenzó a ser secundaria en Europa, en el mundo, las colonias comenzaron su independencia, crecieron los contrabandistas y los lobistas de la época. Era un rey amado por parte del pueblo ignorante y despreciado por los liberales, los afrancesados y los que pretendían la modernidad del país.

Sin dejar de ser sencillo, cercano, no muy culto pero nada tonto, nunca dejó de ser soez y chabacano, amante del teatro y de las actrices, le gustaba presumir de «cojones» y tenía un miembro que asustaba por su tamaño y hacía difícil el placer. Gustaba en decir «carajo» en público y en privado –un admirado amigo lo sigue utilizando frecuentemente, aunque sea desde las antípodas del rey felón– le gustaban los toros y el billar, los libros y los pintores, Goya lo supo y lo cobró. Hizo posible la creación del Museo del Prado, del Botánico o del Museo de Ciencias Naturales. No le exime de nada, de casi nada, y no podemos olvidar que fue servil a Napoleón y dictador con su pueblo.

Su política estuvo orientada a su propia supervivencia en el poder. Dice de él la historiadora Isabel Burdiel: «Su manera de reinar consistió siempre en dividir y enfrentar entre sí a los que le rodeaban, proyectó un abyecto servilismo». Para Napoleón, al que no paró de hacer la pelota, al que no fue capaz de enfrentarse, al que se entregó y consistió la ocupación de una España sin lucha, sin negociación, siempre fue «estúpido y mezquino». Mientras él vivía en su lujosa prisión del exilio francés, dedicado a sus fiestas, sus bailes, sus cazas, su pueblo, esos guerrilleros empecinados, esos valientes que se inventaron una manera de lucha, de rebelión y derrota contra los invasores, creyeron en su palabra, cayeron en la trampa de su felonía.

El próximo sábado 23 de agosto, 200 años y unos días después de ser ahorcado, deshonrado, insultado y denigrado aquel campesino que llegó a capitán general, aquel guerrillero que nunca fue mercenario, será reivindicado y recordado en el pueblo de Roa. Brindaremos por este héroe de la clase campesina con un vino de esa tierra que se resiste contra políticos felones de ayer y de hoy. Murió resistiéndose contra la horca, no le fusilaron como al liberal Riego y sus compañeros en ninguna playa, fue muerto a la fuerza en la plaza de un pueblo que fue ignorante de su vida, de sus dignidades que luchó por un rey liberal y se enfrentó contra el rey vengativo e incumplidor.

Hoy en Roa se pide reconocimiento al que fue muerto indignamente por no haberse dejado comprar, ni tentar por títulos o dinero. «Diga usted al rey que si no quería la Constitución que no la hubiera jurado», así contestó a la oferta del rey al que defendió en la Guerra de la Independencia, cuando la ensoñación hizo que le llamaran «el deseado», antes que «el felón».

Insólito español, Juan Martín El Empecinado había nacido en el pueblo de Castrillo a los que se denominaban «empecinados» porque su arroyo estaba lleno de pecinas, ese cieno verde de las aguas en descomposición. De parecer un gentilicio despreciativo «empecinado» –gracias este guerrillero contra la deslealtad– significa una obstinación, una «terquedad», una pertinacia que algunos seguimos defendiendo en defensa de valores, en cumplimiento de promesas. Había jurado la Constitución de Cádiz, como su rey: «Vayamos todos y yo el primero por la senda constitucional». El rey no cumplió. El Empecinado también la juró y «jamás cometería la infamia de faltar a mis juramentos».

Javier Rioyo

Quién será, dónde estará hoy el espíritu del Empecinado. Y dónde el gobernante felón. Tengo algunas dudas empecinadas, algunas certezas de felonía. Ustedes mismos.

Juan Martín ‘El Empecinado’: “CRIMEN DE ESTADO”

El Día de Zamora, por Fco. José Alonso Rodríguez, 19 de Agosto de 2025.

Juan Martín llamado “El Empecinado” nace el 2 de septiembre 1775 en Castrillo de Duero (Valladolid) y es asesinado por el Estado 19 de agosto de 1825 en Roa (Burgos) muere en la Horca el Héroe por excelencia Juan Martin “El Empecinado” por orden del Felón Fernando VII, por respetar la Constitución y hacerla cumplir hasta al mismísimo Rey. El día 19 de agosto se cumplen el 200 aniversario de su “asesinato de Estado”.

En Castrillo de Duero, provincia de Valladolid, hay un río tan conscientemente humilde que se llama el Botija. Sus humedales, en las afueras del pueblo, han creado unas balsas de cieno negro que reciben el nombre de pecinas. Y a los que venían al mundo en las orillas de ese barro les llamaban en los pueblos cercanos «empecinados», hijos, pues, del arroyo humilde y de la tierra oscura. Pero por una de esas curiosidades de la historia, uno de los hijos de Castrillo, Juan Martín, nacido el 5 de septiembre de 1775, convirtió ese apodo en timbre de gloria, al punto que hoy es adjetivo enaltecedor de la constancia hasta más allá de lo razonable. Nació Juan Martín en una familia de labradores, sin mucha hacienda, mozo más bien bajo de estatura, fuerte y vigoroso, mofletudo. Tenía el mentón partido, la boca prieta y la piel atezada, como salida del sol de las eras castellanas y de las pecinas de su origen. Poco sabemos de sus primeros años, salvo que, como los chicos de su edad y condición, dejó pronto de estudiar y empezó pronto a trabajar. A los 16 años quiso sentar plaza como militar, pero su padre pudo impedírselo. Al poco estalló la Guerra del Rosellón, con la que España se unió a los vecinos de la Francia revolucionaria para liquidar su régimen, y el Rey pidió voluntarios. Uno de ellos fue Juan Martín, que en tierras francesas aprendió los rudimentos de la guerra y la guerrilla, así como ciertas normas de hidalguía y humanidad para con los prisioneros.

A la vuelta de la guerra, en 1796, casó con Catalina de la Fuente y se instaló en el pueblo de ésta, Fuentecén, entre Castrillo y Aranda de Duero. Allí vivió como un labriego más hasta que en 1808 los franceses ocuparon España entre la inopia del pueblo y la imbecilidad de sus mandamases. Había concebido Juan Martín en la Guerra del Rosellón tanta animosidad contra los franceses que, según la leyenda, antes del 2 de mayo ya se había echado al monte con dos vecinos para hostigar a los invasores. Al empezar las hostilidades fue ampliando su partida y comenzó a atacar la vía entre Madrid y Burgos que atraviesa su comarca natal y por la que discurría abundante circulación de hombres y pertrechos.

Es interminable el relato de sus andanzas y aventuras. Cargando a caballo y con arma blanca al frente de sus jinetes, son incontables los ataques de Juan Martín. Su movilidad, asombrosa. Su audacia, ilimitada. Con 150 hombres toma Salamanca. Es capaz de defender Béjar y llega a entrar hasta tres veces en Madrid. Tanta era su popularidad que los guerrilleros y los patriotas en general dieron en llamarse «empecinados», con la significación adjetiva que llega hasta hoy.

Convertido ya en jefe militar, persigue a los franceses hasta el fin de la guerra y, vuelto Fernando VII, es ascendido a mariscal de campo, aunque no le pagan. Su estrella palidece cuando se enciende de nuevo la tea absolutista. Pero Juan Martín no se resigna: conspira, se revuelve, trabaja por la vuelta del orden constitucional. Es un patriota, un liberal, como corresponde al apodo que le han permitido conservar como título: Empecinado. En 1820, Riego obliga al Rey Felón a acatar de nuevo la Constitución de Cádiz y El Empecinado es uno de los pocos militares importantes que se mantiene a su lado, durante el Trienio Constitucional. Cuando, con el respaldo oculto del Rey, empiezan a alzarse jefes guerrilleros como Merino para reimplantar el absolutismo, es Juan Martín el que debe perseguir a sus antiguos compañeros.

Juan Martín, como Riego y Torrijos, pertenecía al círculo de los comuneros, escisión masónica que agrupaba a los llamados exaltados, defensores de la constitución. Y quizás su compañero mejor en la época última de su vida fue Eugenio de Aviraneta, el pariente y personaje de las novelas de Baroja, modelo de conspiradores. Conforme iba perdiendo la guerra, cada vez más reducido a las montañas de su comarca natal, donde le acechaba la envidia de los vecinos y la inquina de sus antiguos compañeros de guerrilla, tuvo ocasión El Empecinado de pasarse a las filas de Fernando VII por expresa invitación de éste a lo que contestó: Diga usted al Rey que si no quiere la Constitución que no la hubiera jurado; que el Empecinado la juró y jamás cometerá la infamia de faltar a sus juramentos.

El Felón no lo olvidó. Cuando, tras la rendición de los generales liberales a los franceses de Angulema, Juan Marín se queda solo, se entrega pacíficamente en Olmos para salvar a sus hombres. Pero lo encadenan y lo llevan a rastras, entre los vejámenes del populacho, a Roa.  Desde finales de 1823 a 1825 ninguna humillación le es ahorrada. Viendo que su vida peligra, se movilizan sus compañeros y hasta el rey de Inglaterra pide clemencia, pero el de España, sin dar la cara, confirma la sentencia. En la plaza de Roa, el 19 de agosto, tras romper las esposas al pie del cadalso y tratar de huir a una iglesia, Juan Martín muere en la horca –se le niega ser fusilado– «por atentar contra los derechos del Trono». ¡El trono que defendió con su sangre cuando Fernando VII lo ofrecía de rodillas a Napoleón! Sin embargo, el ahorcado de Roa ha pasado a la historia como héroe.

A Juan Martín “El Empecinado” el Felón Fernando VII le ofreció un título nobiliario y una gran cantidad de dinero 1.000.000 de reales de la época, para que se adhiera a su causa. Sin embargo. El Empecinado rechazo la oferta yu mantuvo su lealtad a la Constitución de Cádiz que hay Jurado.

Los Castellanos y Leones siempre se han caracterizado en no Homenajear y destacar la figura de sus Héroes, pero estemos seguro que desde el “Circulo Cultural Juan Marín “El Empecinado” y “Ateneo Cultural Villalar”- Siempre estará presente y será para nosotros un “SIMBOLO DE HONOR Y DIGNIDAD”.

Politólogo. – Sociólogo. – Presidente de La Liga Española Pro-Derechos Humanos – Presidente del “Ateneo Cultural Villalar” y “Centro de Estudios Ateneos”.