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El crimen de Estado contra «El Empecinado»: 201 años del martirio constitucional frente a la felonía de Fernando VII

por Fco. José Alonso Rodríguez, 20 de Agosto de 2026.

18 agosto 2026


El 19 de agosto de 1825, la Plaza Mayor de Roa (Burgos) presenció uno de los episodios más oscuros e ignominiosos de la historia de España. Por orden directa del monarca absolutista Fernando VII, el heroico militar Juan Martín Díez, universalmente conocido como «El Empecinado», moría en la horca tras soportar casi dos años de presidio en condiciones inhumanas. Aquella ejecución no constituyó un acto de justicia, sino un deliberado crimen de Estado dictado por la sed de venganza de un régimen tiránico e incapaz de tolerar la dignidad de quien jamás traicionó sus principios constitucionales.


Nacido en 1775 en Castrillo de Duero (Valladolid) —cuyos habitantes recibían el gentilicio de «empecinados» por las pecinas o cieno de su arroyo local—, Juan Martín encarnó el espíritu del pueblo llano alzado en armas. Durante la Guerra de la Independencia (1808-1814), este campesino reconvertido en genio militar revolucionó la táctica bélica al inventar la guerra de guerrillas, hostigando sin descanso a las tropas napoleónicas y ganándose la admiración de la nación hasta alcanzar el rango de Capitán General.


Sin embargo, el compromiso de El Empecinado no se limitaba a expulsar al invasor extranjero; su verdadero ideal era la libertad y la soberanía popular. Al promulgarse la Constitución de Cádiz de 1812 —«La Pepa»—, la juró con la convicción de que la independencia patria resultaba estéril sin la igualdad ante la ley. Años más tarde, tras el retorno de Fernando VII y el posterior periodo del Trienio Liberal (1820-1823), Martín Díez mantuvo una lealtad inquebrantable hacia el orden constitucional.
Frente a la firmeza ética del héroe castellano, la figura de Fernando VII representa el reverso más amargo de la Corona española. Conocido popularmente en sus inicios como «el Deseado», el monarca pasó a la historia con el merecido epíteto de «el Felón». Gobernante ladino, desconfiado y chabacano, Fernando VII ejerció el poder guiado por la pura supervivencia personal y el nepotismo, rodeándose de camarillas corruptas e inclinándose servilmente ante Napoleón mientras la población civil entregaba su vida en los campos de batalla. Pese a haber jurado la carta magna con la célebre frase «Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional», el rey traicionó cada una de sus promesas, reinstaurando un absolutismo voraz dedicado a perseguir y exterminar a liberales y afrancesados. Incapaz de someter a El Empecinado en el campo de batalla de las ideas,
El régimen absolutista intentó comprar su silencio. Fernando VII le ofreció honores, cuantiosas sumas de dinero y títulos nobiliarios a cambio de retractarse de la causa liberal.
La respuesta del guerrillero resuena dos siglos después como una lección magistral de ética pública:

«Diga usted al rey que, si no quería la constitución, que no la hubiera jurado; que el Empecinado la juró y jamás cometerá la infamia de faltar a sus juramentos».


Ante semejante integridad, la Corona optó por el escarmiento violento. Tras ser apresado en Olmos de Peñafiel, sufriendo vejaciones y aislamiento en Roa, fue conducido al cadalso en un proceso desprovisto de cualquier garantía legal. Aquel 19 de agosto de 1825 pretendieron borrar con la soga el ejemplo de una vida consagrada a la patria y al derecho.
Hoy, al cumplirse el 201.º aniversario de su asesinato, la sociedad civil y diversas entidades rinden homenaje a este faro ético. Convocados por el Círculo Cultural Juan Martín ‘El Empecinado’, los actos conmemorativos se despliegan en la geografía castellana: a las 12:00 horas en Burgos, mediante un tributo floral ante el mausoleo donde reposan sus restos, y a las 20:00 horas en Valladolid, frente a la casa que habitó el militar. Asimismo, colectivos como el Partido Nacionalista de Castilla y León (PANCAL-URCi),el Ateneo Cultural Villalar y el Centro de Estudios Manuel Azaña, reiteran la histórica petición para que el Ayuntamiento de Burgos autorice el traslado de sus restos mortales a Castrillo de Duero, haciendo honor al deseo del héroe y de sus descendientes.
Recordar a El Empecinado en esta efeméride no es un mero ejercicio de nostalgia histórica, sino una reivindicación plenamente vigente. Su sacrificio recuerda que el honor, el cumplimiento de la palabra dada y la defensa del imperio de la ley no se negocian ni se someten ante el despotismo. Dos siglos después, la terquedad democrática de Juan Martín prevalece sobre la sombra del gobernante felón que ordenó su asesinado de Estado. “El odio no es algo natural e inevitable, se programa y Fernando VII programo el asesinado de Estado del “El Empecinado”. La dignidad de El Empecinado era la demostración de su ignominia ante el Pueblo.

Francisco José Alonso Rodríguez. – Politólogo. – Sociólogo. – Presidente Liga Española Pro Derechos Humanos. – Centro de Estudios Ateneos.- Círculo Cultural Juan Martín El Empecinado Madrid.- Premio a las Libertades “Rafael del Riego”. Medalla Internacional DD.HH.

La Primera Enmienda no es un escudo para la difamación: El cerco judicial sobre Luis Arroyo

La Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos es uno de los pilares más robustos de su democracia. Este precepto prohíbe de forma tajante que el gobierno promulgue leyes que coarten la libertad de palabra, de prensa, el derecho a la reunión pacífica o el de solicitar al gobierno la reparación de agravios. Sin embargo, existe un malentendido común: la creencia de que esta sólida protección constitucional es un cheque en blanco para decir cualquier cosa en el espacio público sin sufrir consecuencias legales.


La jurisprudencia estadounidense es sumamente clara al respecto: el derecho de opinión no ampara la difamación. Difamar no es informar. Mientras que las opiniones, las valoraciones subjetivas y las críticas políticas están fuertemente protegidas, la divulgación deliberada de hechos falsos con la intención explícita de dañar la reputación, el honor y la imagen pública de un individuo cruza la línea de la legalidad.
Para que una declaración sea considerada difamatoria bajo la ley, esta debe carecer de interés público real y sostenerse sobre falsedades propagadas con malicia. La libertad de expresión protege la libre circulación de ideas y la fiscalización del poder, pero no la fabricación de calumnias destinadas a destruir el prestigio personal o profesional de un ciudadano.
Este límite legal es el núcleo del conflicto que rodea que se presenta como consultor y comunicador Luis Arroyo. Durante una reciente intervención en la televisión pública española (RTVE), Arroyo vertió graves descalificaciones contra el Presidente de los Estados Unidos, refiriéndose a él en términos como «payaso» y «criminal» entre otras descalificaciones.


Lejos de enmarcarse en una crítica política legítima, estas afirmaciones han sido señaladas como un ataque directo a la dignidad del mandatario, utilizando la proyección de un medio masivo para difundir imputaciones injuriosas.
Por este motivo, se ha presentado formalmente en estos días una denuncia ante la Fiscalía de los Estados Unidos en Miami contra Luis Arroyo. La acusación sostiene que sus declaraciones en RTVE constituyen una campaña de difamación deliberada que busca dañar la imagen pública de la figura presidencial, un acto que no encuentra amparo bajo la doctrina de la Primera Enmienda al tratarse de imputaciones falsas y ofensivas formuladas de manera pública.


La denuncia penal en territorio estadounidense se suma a una compleja situación legal que Arroyo ya arrastra en España. En los tribunales españoles, el denominado comunicador acumula otras querellas presentadas por antiguos amigos y socios cercanos, quienes le acusan de delitos como: Amenazas y coacciones. – Administración desleal.
El origen de estas disputas nacionales se remonta a la adjudicación del arrendamiento de la Cantina del Ateneo de Madrid. Según consta en las denuncias, Luis Arroyo les aseguro que el local disponía de una Puerta de Entrada individual y operativa por la calle Santa Catalina 10, cuando en realidad se trataba de una Salida de Emergencia del propio edificio, un detalle critico que derivó en la inviabilidad comercial de la explotación y en la posterior clausura decretada por el Ayuntamiento de Madrid.
Esta ocultación de la realidad técnica y legal del espacio afectó gravemente la viabilidad del negocio de sus antiguos colaboradores, quienes terminaron perdiendo su inversión y recurriendo a la vía judicial para exigir responsabilidades por la administración desleal de la que se consideran víctimas.


La responsabilidad de la palabra: La libertad de prensa y de expresión son derechos fundamentales que deben protegerse con celo, pero su defensa exige delimitar con claridad dónde termina la crítica y dónde empieza el delito. Tanto en los tribunales de Miami como en los de España, Luis Arroyo deberá responder por la diferencia entre emitir una opinión y cometer un atropello legal. “El nivel cultural de Luis Arroyo no es de Opinador es de Difamador”.


Francisco José Alonso Rodríguez. -Politólogo. – Sociólogo. – Presidente Liga Española Pro Derechos Humanos. – Centro de Estudios Ateneos. – Premio a las Libertades “Rafael del Riego”. Medalla Internacional de DD. HH.

Ignacio Moratinos Delgado «El Empecinado».- Coordinador Liga Española Pro Derechos Humanos en Castilla y León.- Presidente Círculo Cultural Juan Martín El Empecinado.

Honor, memoria y libertad: a Juan Martín Díez, «El Empecinado», en el 201.º aniversario de su asesinato de Estado

El Día de Zamora, por Fco. José Alonso Rodríguez, 07 de Agosto de 2026

El próximo 19 de agosto, Castilla y León rendirá tributo a uno de sus hijos más venerados, figura capital en la lucha por la independencia de España y la defensa inquebrantable de las libertades constitucionales: Juan Martín Díez, «El Empecinado». Al cumplirse 201 años de su trágico e injusto ajusticiamiento —un auténtico crimen de Estado perpetrado por orden directa del rey absolutista Fernando VII—, la ciudadanía está convocada a participar activamente en dos actos conmemorativos que tendrán lugar en las ciudades de Burgos y Valladolid.
La jornada del 19 de agosto se articulará en dos escenarios principales:
A las 12:00 horas en Burgos: Acto de homenaje ante su mausoleo, donde reposan los restos mortales del insignio militar.
A las 20:00 horas en Valladolid: Concentración conmemorativa frente a la casa donde vivió el héroe castellano.
Nacido en Castrillo de Duero (Valladolid) en 1775, Juan Martín Díez se convirtió en una leyenda viva durante la Guerra de la Independencia (1808-1814). Encabezando las partidas guerrilleras que hostigaron sin descanso a las tropas napoleónicas, su coraje y perspicacia militar desconcertaron a los mariscales franceses y le valieron el reconocimiento unánime de la nación.
Sin embargo, el genio militar de «El Empecinado» no solo se alimentaba de la defensa de la patria frente al invasor extranjero, sino de un profundo compromiso con la soberanía popular y los derechos del pueblo español. Cuando se promulgó la Constitución de Cádiz de 1812 —«La Pepa»—, la juró con la firmeza de quien entiende que la verdadera independencia requiere libertad e igualdad ante la ley.


Dignidad frente al despotismo de Fernando VII.

Tras el retorno de Fernando VII y la restauración del absolutismo más férreo, El Empecinado se mantuvo fiel a sus principios democráticos y al régimen constitucional durante el Trienio Liberal (1820-1823). El monarca absolutista intentó comprar su lealtad ofreciéndole títulos nobiliarios, honores y cuantiosas sumas de dinero a cambio de retractarse de su causa. La respuesta del héroe castellano resuena en la historia con la contundencia de un legado inmortal:
«Diga usted al rey que, si no quería la constitución, que no la hubiera jurado; que el Empecinado la juró y jamás cometerá la infamia de faltar a sus juramentos.»

Ante la imposibilidad de doblegar su integridad, el régimen absolutista reaccionó con crueldad. Juan Martín Díez “El Empecinado” fue apresado en Olmos de Peñafiel y encarcelado durante casi dos años en condiciones inhumanas en Roa. Finalmente, el 19 de agosto de 1825, tras un proceso carente de garantías legales y por orden expresa de la Corona, fue ejecutado en la horca en la Plaza Mayor de Roa. Aquel acto no fue una ejecución judicial, sino un crimen de Estado diseñado para acallar la voz de la dignidad y la razón.


Llamamiento a la memoria colectiva de Castilla y León.

Dos siglos transcurridos no han logrado borrar el valor de su sacrificio. Hoy, la figura de “El Empecinado” se alza no solo como un símbolo de la resistencia militar castellana, sino como un faro ético y democrático. Recordar su figura implica reivindicar la vigencia de los valores por los que entregó la vida: el imperio de la ley, la libertad ciudadana y el rechazo frontal a la tiranía y a la corrupción del poder.
Por todo ello, se invita a vecinos, colectivos culturales, historiadores y a toda la ciudadanía de Castilla y León a sumarse masivamente a esta doble cita de recuerdo y justicia histórica el próximo 19 de agosto:
Burgos (12:00 h): Un floral tributo ante el mausoleo de El Empecinado, rindiendo honores a los restos de quien nunca se arrodilló ante el absolutismo.
Valladolid (20:00 h): Un acto de memoria colectiva ante la fachada del inmueble que habitó, reviviendo su huella viva en el corazón urbano de su provincia natal.
Acudir a estos escenarios es mucho más que participar en un acto conmemorativo; es mantener viva la llama de quien demostró que la palabra, el honor y la defensa de la patria no se venden por pretendas ni se entregan bajo amenaza. Aquel 19 de agosto de 1825 pretendieron apagar su luz; este 19 de agosto demostraremos que su legado sigue más vivo que nunca.
Desde estas líneas queremos unirnos a la petición reiterada del Partido Nacionalista de Castilla y León (PANCAL-URCi) y Ateneo Cultural Villalar, para que el Ayuntamiento de Burgos permita el traslado de sus restos a Pueblo donde nació Castrillo de Duero, como era su deseo y el de sus descendientes. “El Pueblo que olvida y no respeta su Historia, está condenado a repetirla”.


Politólogo. – Sociólogo. – Presidente Liga Española Pro Derechos Humanos. – Centro de Estudios Ateneos. – Premio a las Libertades “Rafael del Riego”. Medalla Internacional DD.HH.

Sobre Felones y Empecinados

TheObjetive, por Javier Rioyo, Presidente de Honor del Centro de Estudios Ateneos, 22 de Agosto de 2025.

Cuando yo era chico soñaba con ser callejero por las afueras de Alcalá de Henares. Me gustaba hacer méritos para ser admitido en aquella «partida» de los chicos picieros. Fueron mis héroes reales. Una soldadesca adolescente, civil, incivil, a la que no me permitían pertenecer. Lo que no podían impedir es que escuchara embelesado las narraciones de sus picardías, que admirara sus batidas de gatos ferales, de ratas de campo o de conejos despistados. Me parecían un ejército salido de los relatos de aquellos jóvenes tan admirados y mitificados de las novelas de Dickens, Mark Twain, Stevenson o de los cuentos Daniel el Travieso. Para civilizarnos ya estaba Tintín; pero para asilvestrarnos, para complacer nuestro lado salvaje, aquellos que se aventuraban por ríos, callejones o islas misteriosas eran nuestros deseos imposibles. Aquellos admirados de la pandilla prohibida ejercían una gran fascinación aunque nada tuviera que ver el río Henares con el Misisipi, ni hubiera loros ni tatuajes, ni callejones londinenses en aquellas calles levíticas y renacentistas de una Alcalá decadente, histórica y hermosa.

Nosotros íbamos al instituto, aprendíamos latín y geografía, literatura y francés, pero no la asignatura de la calle. Aquellas aventuras contadas sobre la «caza» de animales domésticos -que en nada nos habían molestado- o de aquellas dreas con piedras y chichones que nos parecían desembarcos de piratas de agua dulce. Aquellos chicos sin bachiller, sin apenas lecturas, eran nuestros lazarillos, nuestros buscones, nuestros pícaros cercanos. En esas noches de verano y río, de escapadas y chicas miradas -no tocadas- nos parábamos en una plaza conventual y militar, una recoleta plaza de las afueras con una estatua que nos recordaba a un héroe que llevaba un mote que era toda una declaración de intenciones: El Empecinado, de nombre Juan Martín, héroe de la Guerra de la Independencia, de la Batalla del Zulema.

Jefe de la guerrilla contra el francés invasor, bigotudo militar alzado en notable busto, que para no caer en el olvido en una calle por las afueras, una parada en el camino a soñadas fugas sirvió, sin pretenderlo, a nuestra precaria formación de orgullo español, de popular y heroico personaje que después conocimos mejor, quisimos más y admiramos con ensoñación juvenil. Condenado y perseguido por el rey al que sirvió, traicionado y ahorcado por su fidelidad constitucional, por ser íntegro y liberal, digno patriota que apenas atendimos por más que recorriéramos la calle con su nombre, la plaza con su recuerdo. Hoy lo veo como ese ratón que se comió al gato vivo y después de jugar con él. Ese ratón empecinado se inventó la guerra de guerrillas y los guerrilleros. Esas artes, esos nombres han sido usado para lo bueno y para lo contrario. Para la libertad y para su secuestro.Javier Rioyo

Hace unos días, el 19 de agosto gracias a mi amigo –masón, liberal, castellano y ateneísta, patriota y culto– Francisco José Alonso, me enteré que se conmemoraba en Burgos la vida, obra y memoria de este tan singular hombre de una Castilla cruzada por el río de los mejores vinos, lleno de historia, de pasado poderoso, de demasiados incendios y demasiados olvidos. Nació Juan Martín, El Empecinado, en Castrillo de Duero, fue ahorcado y deshonrado en otra orilla del mismo río, en Roa ahora hace 200 años.

En Burgos, a pie de su monumento, fue rescatada su memoria y homenajeado su recuerdo, su lección de liberal y patriota, de digno luchador por la libertad de su pueblo y de su dignidad contra la felonía, la traición, la bellaquería y la indignidad de un gobernante que pasó de ser «el deseado» al felón que no cumplió ni sus juramentos constitucionales ni sus promesas: «Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional». Palabras que perseguirán siempre la realidad de Fernando VII, una hemeroteca de antaño que lo enfrenta a la verdad de su mandato, de su indigno cumplimiento de la palabra dada. Orientó su política a su propia supervivencia, al personal control del poder; ni le importó la decadencia de España, ni se resistió a su rendición a Napoleón ni a sus servidumbres vergonzantes ni el engaño a su pueblo. Nada, casi nada, de lo que prometió de la Constitución de Cádiz, que había reconocido su derecho a reinar, fue capaz de no traicionar. Su poder absoluto, su control, sus persecuciones, su manera de detentar el mando haciendo lo contrario de lo jurado y prometido, lo hacen ser una de las peores memorias de nuestra historia de infamias y mentiras.

Fue ladino, desconfiado, putero y se supo rodear de una camarilla de fieles bien pagados, de halagadores de sus «gracias», de su manera de vender el país y dejar hacer negocios a los fieles, de enriquecerse él mismo en un país desolado. España comenzó a ser secundaria en Europa, en el mundo, las colonias comenzaron su independencia, crecieron los contrabandistas y los lobistas de la época. Era un rey amado por parte del pueblo ignorante y despreciado por los liberales, los afrancesados y los que pretendían la modernidad del país.

Sin dejar de ser sencillo, cercano, no muy culto pero nada tonto, nunca dejó de ser soez y chabacano, amante del teatro y de las actrices, le gustaba presumir de «cojones» y tenía un miembro que asustaba por su tamaño y hacía difícil el placer. Gustaba en decir «carajo» en público y en privado –un admirado amigo lo sigue utilizando frecuentemente, aunque sea desde las antípodas del rey felón– le gustaban los toros y el billar, los libros y los pintores, Goya lo supo y lo cobró. Hizo posible la creación del Museo del Prado, del Botánico o del Museo de Ciencias Naturales. No le exime de nada, de casi nada, y no podemos olvidar que fue servil a Napoleón y dictador con su pueblo.

Su política estuvo orientada a su propia supervivencia en el poder. Dice de él la historiadora Isabel Burdiel: «Su manera de reinar consistió siempre en dividir y enfrentar entre sí a los que le rodeaban, proyectó un abyecto servilismo». Para Napoleón, al que no paró de hacer la pelota, al que no fue capaz de enfrentarse, al que se entregó y consistió la ocupación de una España sin lucha, sin negociación, siempre fue «estúpido y mezquino». Mientras él vivía en su lujosa prisión del exilio francés, dedicado a sus fiestas, sus bailes, sus cazas, su pueblo, esos guerrilleros empecinados, esos valientes que se inventaron una manera de lucha, de rebelión y derrota contra los invasores, creyeron en su palabra, cayeron en la trampa de su felonía.

El próximo sábado 23 de agosto, 200 años y unos días después de ser ahorcado, deshonrado, insultado y denigrado aquel campesino que llegó a capitán general, aquel guerrillero que nunca fue mercenario, será reivindicado y recordado en el pueblo de Roa. Brindaremos por este héroe de la clase campesina con un vino de esa tierra que se resiste contra políticos felones de ayer y de hoy. Murió resistiéndose contra la horca, no le fusilaron como al liberal Riego y sus compañeros en ninguna playa, fue muerto a la fuerza en la plaza de un pueblo que fue ignorante de su vida, de sus dignidades que luchó por un rey liberal y se enfrentó contra el rey vengativo e incumplidor.

Hoy en Roa se pide reconocimiento al que fue muerto indignamente por no haberse dejado comprar, ni tentar por títulos o dinero. «Diga usted al rey que si no quería la Constitución que no la hubiera jurado», así contestó a la oferta del rey al que defendió en la Guerra de la Independencia, cuando la ensoñación hizo que le llamaran «el deseado», antes que «el felón».

Insólito español, Juan Martín El Empecinado había nacido en el pueblo de Castrillo a los que se denominaban «empecinados» porque su arroyo estaba lleno de pecinas, ese cieno verde de las aguas en descomposición. De parecer un gentilicio despreciativo «empecinado» –gracias este guerrillero contra la deslealtad– significa una obstinación, una «terquedad», una pertinacia que algunos seguimos defendiendo en defensa de valores, en cumplimiento de promesas. Había jurado la Constitución de Cádiz, como su rey: «Vayamos todos y yo el primero por la senda constitucional». El rey no cumplió. El Empecinado también la juró y «jamás cometería la infamia de faltar a mis juramentos».

Javier Rioyo

Quién será, dónde estará hoy el espíritu del Empecinado. Y dónde el gobernante felón. Tengo algunas dudas empecinadas, algunas certezas de felonía. Ustedes mismos.

Juan Martín ‘El Empecinado’: “CRIMEN DE ESTADO”

El Día de Zamora, por Fco. José Alonso Rodríguez, 19 de Agosto de 2025.

Juan Martín llamado “El Empecinado” nace el 2 de septiembre 1775 en Castrillo de Duero (Valladolid) y es asesinado por el Estado 19 de agosto de 1825 en Roa (Burgos) muere en la Horca el Héroe por excelencia Juan Martin “El Empecinado” por orden del Felón Fernando VII, por respetar la Constitución y hacerla cumplir hasta al mismísimo Rey. El día 19 de agosto se cumplen el 200 aniversario de su “asesinato de Estado”.

En Castrillo de Duero, provincia de Valladolid, hay un río tan conscientemente humilde que se llama el Botija. Sus humedales, en las afueras del pueblo, han creado unas balsas de cieno negro que reciben el nombre de pecinas. Y a los que venían al mundo en las orillas de ese barro les llamaban en los pueblos cercanos «empecinados», hijos, pues, del arroyo humilde y de la tierra oscura. Pero por una de esas curiosidades de la historia, uno de los hijos de Castrillo, Juan Martín, nacido el 5 de septiembre de 1775, convirtió ese apodo en timbre de gloria, al punto que hoy es adjetivo enaltecedor de la constancia hasta más allá de lo razonable. Nació Juan Martín en una familia de labradores, sin mucha hacienda, mozo más bien bajo de estatura, fuerte y vigoroso, mofletudo. Tenía el mentón partido, la boca prieta y la piel atezada, como salida del sol de las eras castellanas y de las pecinas de su origen. Poco sabemos de sus primeros años, salvo que, como los chicos de su edad y condición, dejó pronto de estudiar y empezó pronto a trabajar. A los 16 años quiso sentar plaza como militar, pero su padre pudo impedírselo. Al poco estalló la Guerra del Rosellón, con la que España se unió a los vecinos de la Francia revolucionaria para liquidar su régimen, y el Rey pidió voluntarios. Uno de ellos fue Juan Martín, que en tierras francesas aprendió los rudimentos de la guerra y la guerrilla, así como ciertas normas de hidalguía y humanidad para con los prisioneros.

A la vuelta de la guerra, en 1796, casó con Catalina de la Fuente y se instaló en el pueblo de ésta, Fuentecén, entre Castrillo y Aranda de Duero. Allí vivió como un labriego más hasta que en 1808 los franceses ocuparon España entre la inopia del pueblo y la imbecilidad de sus mandamases. Había concebido Juan Martín en la Guerra del Rosellón tanta animosidad contra los franceses que, según la leyenda, antes del 2 de mayo ya se había echado al monte con dos vecinos para hostigar a los invasores. Al empezar las hostilidades fue ampliando su partida y comenzó a atacar la vía entre Madrid y Burgos que atraviesa su comarca natal y por la que discurría abundante circulación de hombres y pertrechos.

Es interminable el relato de sus andanzas y aventuras. Cargando a caballo y con arma blanca al frente de sus jinetes, son incontables los ataques de Juan Martín. Su movilidad, asombrosa. Su audacia, ilimitada. Con 150 hombres toma Salamanca. Es capaz de defender Béjar y llega a entrar hasta tres veces en Madrid. Tanta era su popularidad que los guerrilleros y los patriotas en general dieron en llamarse «empecinados», con la significación adjetiva que llega hasta hoy.

Convertido ya en jefe militar, persigue a los franceses hasta el fin de la guerra y, vuelto Fernando VII, es ascendido a mariscal de campo, aunque no le pagan. Su estrella palidece cuando se enciende de nuevo la tea absolutista. Pero Juan Martín no se resigna: conspira, se revuelve, trabaja por la vuelta del orden constitucional. Es un patriota, un liberal, como corresponde al apodo que le han permitido conservar como título: Empecinado. En 1820, Riego obliga al Rey Felón a acatar de nuevo la Constitución de Cádiz y El Empecinado es uno de los pocos militares importantes que se mantiene a su lado, durante el Trienio Constitucional. Cuando, con el respaldo oculto del Rey, empiezan a alzarse jefes guerrilleros como Merino para reimplantar el absolutismo, es Juan Martín el que debe perseguir a sus antiguos compañeros.

Juan Martín, como Riego y Torrijos, pertenecía al círculo de los comuneros, escisión masónica que agrupaba a los llamados exaltados, defensores de la constitución. Y quizás su compañero mejor en la época última de su vida fue Eugenio de Aviraneta, el pariente y personaje de las novelas de Baroja, modelo de conspiradores. Conforme iba perdiendo la guerra, cada vez más reducido a las montañas de su comarca natal, donde le acechaba la envidia de los vecinos y la inquina de sus antiguos compañeros de guerrilla, tuvo ocasión El Empecinado de pasarse a las filas de Fernando VII por expresa invitación de éste a lo que contestó: Diga usted al Rey que si no quiere la Constitución que no la hubiera jurado; que el Empecinado la juró y jamás cometerá la infamia de faltar a sus juramentos.

El Felón no lo olvidó. Cuando, tras la rendición de los generales liberales a los franceses de Angulema, Juan Marín se queda solo, se entrega pacíficamente en Olmos para salvar a sus hombres. Pero lo encadenan y lo llevan a rastras, entre los vejámenes del populacho, a Roa.  Desde finales de 1823 a 1825 ninguna humillación le es ahorrada. Viendo que su vida peligra, se movilizan sus compañeros y hasta el rey de Inglaterra pide clemencia, pero el de España, sin dar la cara, confirma la sentencia. En la plaza de Roa, el 19 de agosto, tras romper las esposas al pie del cadalso y tratar de huir a una iglesia, Juan Martín muere en la horca –se le niega ser fusilado– «por atentar contra los derechos del Trono». ¡El trono que defendió con su sangre cuando Fernando VII lo ofrecía de rodillas a Napoleón! Sin embargo, el ahorcado de Roa ha pasado a la historia como héroe.

A Juan Martín “El Empecinado” el Felón Fernando VII le ofreció un título nobiliario y una gran cantidad de dinero 1.000.000 de reales de la época, para que se adhiera a su causa. Sin embargo. El Empecinado rechazo la oferta yu mantuvo su lealtad a la Constitución de Cádiz que hay Jurado.

Los Castellanos y Leones siempre se han caracterizado en no Homenajear y destacar la figura de sus Héroes, pero estemos seguro que desde el “Circulo Cultural Juan Marín “El Empecinado” y “Ateneo Cultural Villalar”- Siempre estará presente y será para nosotros un “SIMBOLO DE HONOR Y DIGNIDAD”.

Politólogo. – Sociólogo. – Presidente de La Liga Española Pro-Derechos Humanos – Presidente del “Ateneo Cultural Villalar” y “Centro de Estudios Ateneos”.