Archivo de la etiqueta: Azaña

Una República y un mismo destino trágico: Alcalá-Zamora y Azaña

por Fco. José Alonso Rodríguez, 29 de Junio de 2026.

La Segunda República Española (1931-1939) fue un proyecto de modernización colosal que acabó devorado por la polarización y la violencia. Al frente de aquel Estado democrático solo estuvieron dos hombres como presidentes de la República: Niceto Alcalá-Zamora (1931-1936) y Manuel Azaña (1936-1939). A pesar de encarnar culturas políticas opuestas y de profesar visiones muy distintas sobre cómo debía transformarse el país, compartieron dos rasgos inquebrantables que definieron sus vidas: un profundísimo amor por España y un rechazo absoluto, casi visceral, a la guerra civil.Las discrepancias entre ambos nacían de sus propios orígenes. Niceto Alcalá-Zamora era la encarnación del centrismo liberal y católico. Terrateniente andaluz y antiguo ministro de la monarquía de Alfonso XIII, su llegada al republicanismo fue el resultado de una evolución legalista. Para don Niceto, la República debía ser una casa común, templada y de orden, capaz de atraer a las clases medias y a los sectores conservadores sin asustar a la Iglesia.

Su estilo era legalista, parsimonioso y profundamente apegado al equilibrio institucional.Manuel Azaña, por el contrario, era el alma de la intelectualidad reformista y laica. Escritor brillante y de verbo afilado, entendía la República no como un mero cambio de gobierno, sino como una revolución cultural y social indispensable. Azaña creía que España no saldría del atraso sin una separación tajante entre la Iglesia y el Estado, y sin una reforma profunda del Ejército y de la propiedad de la tierra. Su republicanismo era jacobino, audaz y, a ojos de sus detractores, peligrosamente inflexible. Mientras Alcalá-Zamora buscaba frenar el ritmo para no romper el país, Azaña aceleraba porque temía que el tren del progreso perdiera su oportunidad histórica.Más allá de sus choques políticos —que culminaron con la destitución de Alcalá-Zamora por las Cortes en 1936—, las raíces que los unían eran idénticas. Ambos amaban a España con una devoción intelectual y afectiva desbordante. No era el patriotismo de charretera y desfile, sino el dolorido sentir por una patria rota que compartían los hombres de la Generación del 98.

Deseaban una España culta, europea, libre de caciques y respetada en el mundo.Pero donde su sintonía se vuelve trágica y luminosa es en su rechazo absoluto a la guerra. Ninguno de los dos creyó jamás que las ideas debían imponerse a sangre y fuego. Alcalá-Zamora, destituido meses antes del golpe de Estado de julio de 1936, contempló el estallido del conflicto desde el exilio con el corazón destrozado. Rechazó apoyar a los sublevados, pero se negó en rotundo a justificar la violencia revolucionaria que se desató en la zona republicana.

Prefirió la pobreza del destierro antes que validar la carnicería entre compatriotas. Azaña, atrapado en la presidencia durante toda la contienda, vivió un auténtico calvario. Desde su despacho oficial, intentó desesperadamente buscar la mediación internacional para detener la guerra. Su discurso de julio de 1938, en el Ayuntamiento de Barcelona, es el testamento definitivo de su pacifismo. Lejos de lanzar proclamas de victoria o venganza, pronunció aquellas palabras que resuenan en la historia: «Paz, piedad y perdón». Para Azaña, la guerra no era un triunfo, sino una derrota colectiva; ganar una guerra civil, decía, no era una gloria, sino una inmensa desgracia patria.El destino los equiparó en la derrota. Ambos murieron en el exilio, despojados de todo, pero firmes en sus principios. Alcalá-Zamora falleció en Buenos Aires en 1949, añorando su tierra. Azaña lo hizo en Montauban (Francia) en 1940; cuenta la leyenda que, al morir, su féretro fue cubierto con la bandera mexicana porque las autoridades francesas prohibieron la republicana, pero su verdadero sudario fue el dolor por España. Dos presidentes, dos visiones, pero un solo corazón que se negó a aceptar que la única solución para los problemas de su patria fuera el odio y las trincheras.

“Quienes no respetan y defienden su historia, pierden y desprecian su futuro”.

Presidente Liga Española Pro Derechos Humanos. – Centro de Estudios Manuel Azaña. – Premio a las Libertades “Rafael del Riego”. -Medalla Internacional DD. HH.

El Trágico Fin de Manuel Azaña

por Fco. José Alonso Rodríguez, 04 de Noviembre de 2025.

“el último presidente de la República española, y por qué fue enterrado con una bandera de México”

El 3 de noviembre de 1940 falleció en el exilio en Francia (Montauban) Don Manuel Azaña, político y escritos, presidente del Consejo de Ministros y presidente de la Segunda Republica.
En enero de 1939, cuando empezó a hacerse aún más evidente la derrota de la Republica en la Guerra Civil, Azaña dimitió como presidente de la República española (en carta de renuncia al presidente de las Cortes, Diego Martinez Barrios, en febrero de 1939) e inició un viaje que le conduciría hasta Francia y el exilio.


El comienzo de la Segunda Guerra Mundial, con la invasión alemana de Polonia a comienzos de septiembre de 1939 y la posterior invasión alemana de Francia, en junio de 1940, puso de manifiesto que su exilio no resultaba parecía demasiado seguro, soportando el acoso de las nuevas autoridades españolas, ansiosas de conseguir su extradición.
Manuel Azaña se encontraba enfermo y agotado y solo llegar a Francia sufrió un grave infarto celebrar que le afectó al habla y le provocó parálisis facial. Un mes después, parecía sin embargo estar bastante recuperado. Con todo, a finales de octubre sufrió una nueva recaída de la que no se podría recuperar. Sus sus restos fueron depositados en el cementerio de Montauban (Francia).


El mariscal Pétain prohibió que se le enterrara con honores de jefe de Estado: solo accedió a que fuera cubierto su féretro con la bandera española, a condición de que fuera la bicolor rojigualda tradicional y de ninguna manera la bandera republicana tricolor. El embajador de México decidió entonces que fuera enterrado cubierto con la bandera mexicana, Según explica en sus memorias, le dijo al perfecto francés.
“Lo cubrirá con orgullo la bandera de México. Para nosotros será un privilegio, para los republicanos una esperanza, y para ustedes, una dolorosa lección.


En torno a las 11 de la mañana del 5 de noviembre de 1940, un cortejo fúnebre con cientos de refugiados republicanos españoles recorrió las calles de la pequeña ciudad francesa de Montauban.
Al frente, los principales miembros de la legación diplomática mexicana ante el régimen colaboracionista de Vichy, como se llama informalmente al régimen político instaurado por el mariscal Philippe Pétain simpatizante del nazismo.
Bajo la atenta mirada de las fuerzas de seguridad, el féretro de Manuel Azaña, último presidente de la II República española, llegó al cementerio en el cual sus restos reposan desde 1940. Lo cubría una bandera de México.


El exmandatario había fallecido dos días antes en el modesto Hôtel du Midi, donde, muy debilitado y perseguido por agentes franquistas y la Gestapo, había pasado sus últimas semanas con vida.
Desde aquí quiero agradecer al Gobierno Mexicano de entonces que sufrago toda la estancia de Don Manuel Azaña y familia en su corto exilio en Francia y su mujer Dolores Rivas Cherif y familiares partieron para su exilio mexicano.


La sepultura de Don Manuel Azaña es propiedad de la familia Rivas Cherif y no han aceptado nunca que sus restos regresen a España.

Francisco José Alonso Rodríguez. – Politólogo. – Sociólogo. Pte de la Liga Española Pro-Derechos Humanos, del Centro de Estudios Ateneos y del Centro de Estudios Manuel Azaña.