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De toros, cabestros y ovejas: el peligro del sectarismo político en España

La política contemporánea a menudo parece regirse por inercias que trascienden el presente, resuenan con ecos del pasado y revelan una preocupante degradación del debate público. A finales de los años sesenta, el intelectual y político Dionisio Ridruejo solía repetir una frase de profunda carga simbólica y crítica: España pasa de un país de toros a un país de cabestros. Aquella lúcida advertencia apuntaba a una mutación social y cívica, una transformación donde el carácter pasional, indomable o crítico —representado metafóricamente por el toro— tendía a ser sustituido por la docilidad gregaria del cabestro, animal manso que encamina al rebaño hacia el corral guiado por intereses ajenos.

En paralelo, en las aulas de la Facultad de Ciencias Políticas, ya se advertía sobre el peligro del «voto ovejuno». Este fenómeno define una dinámica electoral alarmante donde el sufragio deja de ser el resultado de una reflexión individual, madura y razonada sobre el bien común, para convertirse en un acto de estricta pertenencia identitaria. El voto ovejuno opera mediante reflejos condicionados, lealtades ciegas y un sectarismo feroz hacia el discrepante. En este ecosistema, el ciudadano abdica de su capacidad crítica para someterse a las consignas de un grupo, un partido o un líder carismático cuyos intereses particulares o de facción se anteponen sistemáticamente a los intereses de la sociedad en su conjunto.

La democracia bajo asedio: Identidad frente a razón Una democracia saludable se sustenta en la disidencia constructiva, el contraste de ideas y el voto informado. Sin embargo, cuando la política se trivializa, las urnas se transforman en trincheras emocionales. El votante ovejuno no premia la gestión eficaz ni castiga la corrupción; premia la pureza de siglas y el antagonismo. Se vota por inercia, por miedo al adversario magnificado como amenaza existencial, o por el simple calor de pertenecer a una manada ideológica.

Este seguidismo acrítico vacía de contenido real al sistema democrático. Los partidos dejan de rendir cuentas a ciudadanos exigentes y pasan a gestionar clientelas cautivas. El sectarismo político bloquea la búsqueda de consensos transversales y desincentiva la autocrítica, conduciendo a una polarización tóxica que debilita las instituciones y degrada la convivencia civil.

El cinismo de los falsos demócratas Lo más inquietante de este camino es cómo se intenta normalizar y justificar desde ciertos sectores privilegiados. Como bien apuntan algunos observadores críticos ante el discurso de esa autodenominada «progresía de caviar» —aquella que predica desde la comodidad y la desconexión de la realidad cotidiana de los ciudadanos de a pie—, a veces se deslizan proclamas de tintes inquietantes y cainitas. Frases como la de que «la próxima vez ganaremos la guerra» resuenan con una peligrosa ligereza histórica. Es mejor no detenerse demasiado en desentrañar qué pretenden sugerir con semejantes expresiones, pero el mero hecho de que formen parte del imaginario verbal de quienes se autoproclaman adalides del progreso evidencia una preocupante desfachatez democrática y un desprecio absoluto por la concordia reconciliada.

No podemos permitir que España siga avanzando por esta pendiente resbaladiza. Asumir el rol de cabestros guiados por pastores sin escrúpulos o ceder al automatismo del voto ovejuno supone renunciar a nuestra mayoría de edad ciudadana. Urge rescatar el valor de la libertad de criterio, exigir rigor a nuestros representantes y recordar que la democracia no es un concurso de lealtades tribales, sino el ejercicio responsable de la soberanía popular en beneficio de una sociedad libre, plural y justa.

Fomentemos una sociedad con más pensamiento crítico que la polarización identitaria en las urnas. No olvidemos nuestra Historia, pues podemos correr el peligro de repetirla.

Francisco José Alonso Rodríguez. -Politólogo. – Sociólogo. – Presidente Liga Española Pro Derechos Humanos. – Centro de Estudios Ateneos. – Premio a las Libertades “Rafael del Riego”.

El adiós a un grande de la política del siglo XX. José Mujica.

El Día de Zamora, por Fco. José Alonso Rodríguez, 20 de Mayo 2025.

No deja indiferente a nadie familiarizado con la política, el pensamiento y la personalidad del expresidente uruguayo José Mujica, fallecido recientemente, a punto de cumplir sus noventa años. La honestidad y claridad de sus ideas irrumpió en el panorama del convulso siglo XX latinoamericano, donde las dictaduras proliferaron y llenaron los países como Chile, Argentina, Uruguay, de terror y muerte. con un pensamiento y una praxis política, realmente excepcionales.

Su vida, llena de contrastes, no está exenta de polémica: activista político desde los 14 años, guerrillero urbano (Tupamaros), participante y más tarde líder del movimiento político Frente Ancho, durante la dictadura militar, lo que lo llevó a ser preso político durante quince años. Con el cambio de régimen, fue ministro de agricultura y más tarde llegará a ser presidente de su país en 2010.

Reconocido por su pobreza y austeridad, principios asimilados de sus ideas anticapitalistas, donaba el 90% de su salario a causas sociales, predicaba con sus ideas y vivió con sus principios filosóficos, lo que le acarreó la connotación del presidente filósofo.

Sus ideas políticas iluminan la vida intelectual con pensamientos profundos como su definición de la democracia: “Hay de aquellos que creen que el poder está arriba, el poder está en el corazón del pueblo que decide…” De activista político de izquierdas en su juventud, se decantó por un pensamiento democrático, con sensibilidades sociales hacía las clases campesinas y trabajadoras

Respecto a su pasado decía: “cuidémonos de trasladar nuestras frustraciones a las generaciones más jóvenes…”, creía ampliamente en el delegar y el reconocer el valor de las generaciones que le sucedía. A los jóvenes les recomendaba: “Hay que tener una causa para vivir, una pasión que te mueva y te comprometa, la vida no puede ser más que trabajar para conseguir y pagar facturas. La pobreza para él, citando a Séneca, era desear una prosperidad más allá de lo posible y ansiar más de lo que realmente necesitamos. Rescata el valor de la vida misma, la austeridad en lugar del despilfarro, criticando la superficialidad y el consumismo y la banalidad en la que se sumergen muchos seres humanos, realmente pobres mental y espiritualmente.

Su utopía socialista lo lleva a perseguir un mundo más justo. Durante su presidencia la prosperidad llegó a Uruguay, el desempleo solo era del 5%, el país gozó de estabilidad y prosperidad.

Despedimos a un político consecuente con sus ideas, no militó ciegamente en la izquierda latinoamericana, llegó a censurar y señalar al presidente venezolano Maduro como dictador y usurpador de la presidencia de su país. Una voz crítica que nos alerta sobre el holocausto ecológico, las injusticias sociales y la falta de principios y valores en los que nos sumergimos como sociedad.

Politólogo. – Sociólogo. – Presidente Liga Española Pro Derechos Humanos. – Centro de Estudios Ateneos.